Todas las historias forman parte de un
rompecabezas con piezas en el aire, toda
una vida se ve condicionada por una
presencia, o mejor dicho, por una ausencia y a pesar del tiempo que pasa y a la
vez no pasa sigo aquí intentando coser pedazos de mentiras, retazos de
ilusiones que en su día me devolvieron la vida, pero con la diferencia de que
ahora, por mucho hilo que ponga, no hago más que ver todos los agujeros por
dónde se evaden los sueños y se advierte la realidad.
Fue precisamente a través de uno de esos
agujeros misteriosos que apareciste tú, como alguien que ya conocía, una compañía que ya había disfrutado, una mirada
que ya había perseguido y una sonrisa que ya me había enamorado. Todo en una
persona que sinceramente nunca me digne a buscar.
No existe la posibilidad de que me estremezca
cuando me tocas o se me erice la piel. No es posible que en cualquiera de mis
noches desvíe mi mirada del punto fijo del techo al que estoy acostumbrado a observar y te vea a mi lado, tampoco puedo
entrelazar mis manos con las tuyas, mirarte a los ojos y, temblando, decirte
todas las cosas que en su momento no te dije o que me quedan por decir. Nunca
he estado más cerca de tus labios de lo que estoy ahora que estoy lejos y sin
embargo puedo decirte que me hacen falta. No puedo hacerte compañía cuando
estás sola ni darte mi hombro para que apoyes tu cabeza, ni perderme en la
alegría con el simple hecho de estar en tu mirada. No puedo, y sin embargo creo
que lo necesito.
Mientras vuelves y pueda leer un nuevo “Hola”
seguiré perdiéndome entre recuerdos casi irreales, entre palabras mal escritas,
y pensamientos un tanto absurdos que me acerquen a ti….porque el resto de mis
sueños se han oxidado y nadie ha conseguido que los vuelva a sentir.
Excepto tu.